martes, 7 de enero de 2014

UNO

Un pálpito abarcador se apropiaba de su mente, y percibía una clara presencia familiar nunca acompañada de su ser corpóreo. Hubiera querido extender la mano para alcanzar la otra o para acariciar el cabello de raíces que otrora se ensortijaba en sus dedos ansiosos... ¡Pero hubiera sido inútil!

La primera vez que Octavio transitó, lo hizo en un sueño. Se había quedado dormido pensando en Estela, oliendo la fragancia de su abundante pelo rojo, abrazando la redondez de su cuerpo blanco y suave y tibio... ¡Y despertó a su lado! Ella dormía ceñida a él, desnuda bajo la colcha. Octavio podía sentir la calidez de su piel y el aroma de su cuello, podía besar sus ojos cerrados, su nariz afilada, su boca entreabierta. Estela era de él y de nadie más. Le pertenecía, al menos en su sueño...

Los recuerdos se habían materializado a retazos, como en un rompecabezas. Cada pieza era, en sí, perfecta. El todo ya no existía. Cada transición le traía algún pedazo. La primera le entregó el cabello de Estela, su cuerpo, sus facciones... Entonces lo consideró bastante. No suficiente, pero bastante. Estaba satisfecho. ¡Por el momento!

Luego vinieron otras, también en sueños. Un día caminaban tomados del brazo. ¿Venían o iban? a algún lugar. Estela se aferraba al brazo de él mientras sus botas menudas entraban y salían de la nieve, más densa que en otras ocasiones... Les costaba andar, y los bajos de los pantalones de ambos se iban cubriendo de un lodo amarillento, sucio. Sin embargo, eran felices redescubriéndose al cabo de veintidós años. ¡Nunca antes habían podido compartir la sensación de intimidad que ahora los embargaba! Y, sin embargo, ¡no habían llegado a pronunciar una sola palabra de amor! Octavio no podía recordar cómo habían llegado a entenderse de aquella manera tácita y silenciosa. Pero la pieza expuesta ahora exhumaba complicidad callada. Caminaban juntos, casi marchaban, mientras sus corazones latían al mismo ritmo a pesar de que Estela lo aventajaba en unos 15 años. Octavio la amaba. Comprendía que siempre había sentido un amor mudo por ella. Lo que no sospechaba era que Estela también se derretía por él. Aunque no lo decía, él podía percibirlo en el contacto de su mano, en el compás de su andar... ¡Y aquí terminaba el sueño y, con él la pieza nevada!

Octavio fue descubriendo nuevos retazos. Los revivía con claridad meridiana, pero no a voluntad. Era como viajar en el tiempo. ERA viajar en el tiempo. ERA lo que anhelaba. Pero ¿podría dominar los viajes de modo que se acomodaran a su necesidad? Vinieron muchos días sin sueños. Estaba enfermo. Tenía problemas digestivos, respiratorios, cardíacos... Tenía 68 años. ¡Y Estela había muerto hacía cinco! Ahora no podía soñar; quería, pero...

Pasaron dos años sin sueños. Al fin, una noche de cuarto menguante Octavio volvió a soñar. Otra pieza para el rompecabezas. Esta vez era un sueño de retazos incoherentes, fragmentos muy vívidos de la realidad pasada. Andaba solo por las calles de Moscú. Entró al edificio viejo de la Universidad. Caminó por los pasillos y salió al patio. ¡Nevaba! Encontró a su tutor, que entonces era joven. Conversaron. Lo que hablaron era importante, pero Octavio no lo pudo recordar después. Una angustia lo invadió. Ahora que estaba más próximo a la muerte, ¡no quería perder el pasado; quería salvarlo para las generaciones venideras! Y no sabía por qué...

Ese día Octavio se propuso estudiar los sueños lúcidos. Quizás era el único camino para viajar en el tiempo; para rescatar aquello que había pasado por alto en el correr de la vida; para recuperar a Estela y no perderla nunca más; para desfacer entuertos... Buscó todo el material disponible y se puso a estudiar.

Comenzó con repetirse varias veces durante el día si estaba soñando. Con el tiempo, si lo practicaba a menudo, lo haría también durante un sueño... Se volvió un obseso del asunto, a tal punto que a veces, por andarse planteando la pregunta no escuchaba lo que le decían. Para comprobar la realidad, llegaba a medidas drásticas, como pellizcarse en un costado de la panza hasta hacerla doler. ¿Sería efectivo este método? Lo buscó en internet y se complicó la vida. Encontró mil maneras de hacerlo y las redujo a nueve. Pero aun así, ¿de dónde sacaría el tiempo para ponerlas en práctica sin parecer un loco de atar? Tendría que mirar un reloj digital para ver si era constante (durante el sueño, los relojes podían cambiar de un instante al otro); observar un texto, mirar a otro lado y volver a fijarse en él para ver si había cambiado (en los sueños, los textos a menudo se transforman de maneras extrañas); encender y apagar la luz (en los sueños, los cambios en la iluminación no responderían a las órdenes del interruptor); mirarse en un espejo (la imagen aparecería borrosa o distorsionada —o no aparecería— si estuviese soñando); apretarse la nariz e intentar respirar (al parecer, en los sueños se puede respirar con la nariz tapada); mirarse las manos y preguntarse si estaba soñando (cuando soñamos podemos ver más o menos de cinco dedos en la mano sin que ello nos cause perplejidad); saltar en el aire (si somos capaces de flotar o volar, estamos soñando); pincharse a sí mismo (en los sueños la carne está más elástica. Una comprobación de realidad con esto es empujar un dedo a través de la palma de la mano...); probar a apoyarse en una pared (¡en un sueño es posible que nos caigamos atravesándola!).

Cuando estaba solo, las ejercitaba tanto como podía a pesar de que experimentaba intensas dudas sobre la certeza de aquello. "¡Tiene que ser verdad! ¡Si tantas personas lo han experimentado!... ¡Yo quiero lograrlo! ¡Nada es más efectivo que la sugestión!". Se le parecía bastante a los mecanismos de la religión, pero en este caso, esperaba obtener un resultado tangible. Estaba ansioso por conseguir un sueño lúcido. Si se autoexaminaba a profundidad, creía haber tenido atisbos de ellos alguna vez. No estaba seguro, pero casi podía jurar que en algún momento de su vida se había vuelto a dormir después de estar despierto y había logrado atrapar el hilo de su sueño anterior. No sabía cómo lo había conseguido y, por supuesto, no podía repetir la hazaña a voluntad.

El otro paso en el proceso era llevar un diario de sueños. ¡Ni que lo hubiese adivinado! Desde hacía años, Octavio escribía sus sueños tan pronto se despertaba para poder recordarlos después. Cualquier cosa que hiciese antes de la escritura le hacía perderlos para siempre. Su diario era bastante voluminoso. Cuando empezó a estudiar los sueños lúcidos, releyó su diario varias veces. Los relatos eran incoherentes y, así escritos, no transmitían la carga emocional que acompañaba a la experiencia onírica. Pero Octavio podía rememorar algunas emociones asociadas a la mayoría de ellos. Se daba cuenta de que, con sus sueños, si los lograba, podría recuperar una parte crucial de su pasado, sobre todo, podría re-vivir su pasado y ¿cambiarlo?... Los expertos aseguraban que los sueños lúcidos se podían controlar a voluntad...

Pasaba el tiempo, y Octavio ganaba terreno en el dominio de sus sueños. El método de mirarse las manos antes de dormir había probado ser de los más efectivos.

Una noche, se sentó en la cama y se miró las palmas de sus manos. Pensó en la primera vez que él y Estela se besaron y continuó mirándose las manos y pensando en aquel beso tibio e infinito. "Hoy soñaré con el beso de Estela", se repetía. Se acostó, todavía mirándose las palmas y pensando que soñaría con el beso. Y se quedó dormido... 

En algún momento sus manos se le aparecieron en el sueño, tres dedos, cuatro... y Estela estaba sentada a su lado en el diván de la habitación de un antiguo hotel de Praga. Conversaban de manera desordenada sobre cómo se conocieron, sobre la montaña de obstáculos que se interponía entre ellos entonces, sobre la enorme fortuna de estar solos ahora y de poder gozar de la intimidad deseada por ambos.

—Mira, Octavio, nunca me permití amarte por la diferencia de edad, y por respeto a mi marido. Recuerda que entonces yo estaba casada, ¡casada, Octavio!... La verdad es que no sé ni cómo me enamoré de ti. Eras casi un niño, y me daba miedo lo que sentía...

Estela vestía una túnica a veces griega, a veces egipcia, que cambiaba de color y tenía una cinta verde amarrada a su pelo. De alguna extraña manera Octavio le respondía por teléfono, sentado en el piso de su cuarto en Luyanó, y, entonces, Estela aparecía al otro lado de la línea. Pero podían verse y tocarse, a pesar del teléfono, como si este fuese un accesorio innecesario. Le decía:

—A mí me daba más miedo aún. Era casi un niño, y tú estabas casada, ¡casada, Estela!... Pero yo sabía que te amaba. ¡Tantas veces estuve a punto de confesártelo! Te lo dejé entrever de mil formas, pero nunca te lo revelé abiertamente. ¡Estaba aterrorizado! Luego, la vida nos separó. Yo seguí mis estudios, y tú te me perdiste. ¡No te vi como en diez años! ¿O fueron más? Y luego nos encontramos en aquel congreso...

Ahora Estela le hablaba desde Madrid, y él seguía sentado en su cuarto, y siempre ¡el teléfono!

—Estábamos en bandos opuestos. ¡Se suponía que todos estábamos por lo mismo! Pero yo trabajaba con Yolanda y, para mí, ella era la revolución!

—¡Y yo con Humberto! ¡Qué tipo ese! ¡El mejor! Para mí, Humberto sí que era la revolución. ¡Él odiaba a Yolanda, y ella a él! ¿Cómo era posible? Yo tenía que odiar a Yolanda y que odiarte a ti; ¡estaba obligado!... Pero, en medio de aquel torbellino, ¡te amaba! ¿Lo podrás creer?

Seguían hablando sin parar, pero ahora Octavio no podía concienciar el tema de la plática. Parecía lo más natural del mundo que estuviesen de nuevo sentados en el sofá de aquella habitación encortinada del hotel más antiguo de "la ciudad de las cien torres", como la había bautizado Josef Hormayer en el siglo XIX. Tavo estaba ahora muy elegante, de cuello y corbata y, movido por la creciente compenetración que estaban logrando, le espetó que la iba a besar sin que Estela protestase. Fijó sus labios a los de ella y se sintió envuelto por el beso que desencadenó un acto de amor extremo. Se amaron entonces desnudos, en una nube blanca muy suave, en el cielo, y Octavio despertó sin saber si el acto se había consumado o no. Estaba confundido y feliz, sintiendo a Estela a su lado.

Volvió a mirarse las manos, ¡cinco dedos en cada una!, pero ya no pudo volver a conciliar el sueño. Se apresuró a escribir todo aquello. "¡Que no se me olvide nada; que no se me olvide nada!", deseó.

Dejó la cama con desgano y fue a comprar pan. No tenía mucho dinero; la vejez lo había agarrado sin ahorros y ahora, de contra, sin trabajo. Vivía solo en un cuarto con baño que le había cedido un amigo canadiense. No pagaba alquiler, ni luz, ni agua, gracias a Noah. Pagaba por el cable para su televisor y por su servicio de Internet. Le habían ofrecido un trabajo en el aeropuerto, y lo iba a tener que aceptar, viejo y todo. Por suerte, era un trabajo burocrático, y no tendría que toparse con los pasajeros de los aviones. De lo contrario, se tropezaría con muchos cubanos conocidos, ¡y no quería! ¡estaba harto ya de cocinarse en esa salsa!

Recordaba cómo se había quedado en Gánder en 1990. Regresaba de un evento en Bratislava. El avión hizo escala allí, y diez polacos pidieron asilo. Tremendo retraso en el vuelo para identificar todas las maletas y evitar un sabotaje. Tanto lo había deseado que ¡al fin! se decidió antes de ir a reconocer su equipaje. Caminó con parsimonia por un pasillo largo y fue a dar a una oficina:

—I'm Cuban. I want to stay in Canada!

Y lo demás ya era historia. Noah era empleado de Migración y simpatizó con él desde un principio. Descubrieron que tenían mucho en común. Noah era hijo de ingleses, y a Octavio lo había educado una maestra anglosajona que se había ido de Cuba en el 61. Ambos habían leído los mismos libros, se sabían los mismos poemas, usaban las mismas expresiones en inglés. Noah le ofreció un cuarto con baño que su padre había construido hacía unos años en el patio de su casa. Sólo habría que sacar algunos trastos viejos que se guardaban allí, y limpiar. Había una cama de una plaza con un colchón en bastante buen estado, un armario con seis gavetas y un sillón. ¿Qué más podía pedir? Octavio se había conseguido una hornillita para hacerse té y café y para cocinar algunos platos. El cuarto se beneficiaba de la calefacción central de la casa que funcionaba con un sistema de aire forzado algo antiguo pero todavía eficiente. Los trabajos que Octavio había conseguido le permitían vivir sin carencias, pero nunca pudo alquilarse un apartamento como hubiera deseado por lo que había envejecido en el patio de Noah. Ambos pasaban algunos ratos juntos en la sala del canadiense. Muchas veces, Noah invitaba a Octavio a almorzar, sobre todo cuando Sarah, su empleada, preparaba su exquisito salmón en salsa de ginebra y enebro con las —ya familiares— lenguas de bacalao rebozadas como aperitivo. Acompañaban el condumio con cerveza Quidi vidi y, a veces también, con una línea o dos de ron Screech.

Trajo dos hogazas de blanco canadiense, una para él y otra para Noah. Como solía hacer muchas veces, entró primero a la casa del amigo y dejó el pan sobre la meseta de la cocina. Luego se fue a su cuarto, se cortó dos rebanadas y las untó con mantequilla. Se preparó un café con leche fuerte sin azúcar y se frió dos huevos. Estaba listo para comenzar el día.

Noah lo pilló en la entrada de la casa, cuando ambos salían, y lo invitó a almorzar.

—Tavo, Sarah va a hacer unas chuletas de cerdo con miel de arce que son una delicia.

—No me las pierdo por nada. Nos vemos ¿a la una?

—Perfecto, es mi hora. ¡No dejes de ir a tu cita en el aeropuerto! ¡Tienen trabajo para ti!

—A eso voy, ¡gracias por todo! ¡Luego te cuento!

A pesar de que ya pasaba de los sesenta años, le dieron el empleo después de una breve entrevista. Sería supervisor, un cargo que implicaba gran responsabilidad en un aeropuerto como ese. Le entregaron un manual de funciones de casi doscientas páginas, las que tendría que memorizar en menos de tres días. No tendría horario laboral fijo. Su trabajo estaría a merced de las necesidades del aeropuerto. Cada día recibiría sus órdenes de Mr. Butler, quien tenía a su cargo doce supervisores como él. Pero, gracias a un eficiente sistema de rotación del personal que Mr. Butler se había inventado, tendría tres días seguidos libres a la semana, los que resultaban más que suficientes para recargar sus baterías. Era viernes; el lunes tendría que presentarse a trabajar.

Tuvo tiempo de llegar a su cuarto, dejar el manual de funciones sobre su escritorio y darse una ducha caliente antes de tocar a la puerta de Noah.

La comida de Sarah siempre lo transportaba a la gloria. Las chuletas le habían quedado sublimes, y Noah había comprado un tinto californiano de muy buen bouquet. Hablaron de comidas, y Octavio demostró su sabiduría culinaria. Noah no se quedaba atrás y pudo aportar a la charla nuevos conocimientos gastronómicos. Los amigos tenían la capacidad de asombrarse mutuamente a pesar de los años compartidos. Octavio habló de la exquisitez de las carnes de kawama y de manatí. ¡Una pena que estuviesen en veda! ¿Por qué tendrían que extinguirse especies tan sabrosas??? Luego se acordó de las angulas sobre cuyo ciclo de reproducción disertó largo rato para asombro de Noah, quien, por su parte, conversó sobre las bondades y los modos de preparación del bacalao y el salmón. Disfrutaron en extremo la comida y la plática y, después de un trozo de pie de manzana todavía algo tibio, bebieron té con limón para ayudar a la digestión.

—¿Quieres caminar un poco?—, preguntó Noah al amigo.

—¡Seguro! ¡Vamos!

Anduvieron por el pueblo durante hora y media, deteniéndose a mirar las vidrieras y a comprar alguna que otra chuchería llamativa. Octavio compró un alce de porcelana bastante grandes proporciones que hacía rato estaba queriendo colocar en una repisa construida por él mismo ("par moi-même", pensó). Al pasar por la droguería del pueblo, Noah recordó una anécdota de su juventud que Tavo no conocía y se la contó. Noah se había ido de su casa muy joven para estudiar, como su padre y su abuelo, Farmacia en la Universidad de Toronto. Su padre se había quedado en Gánder a cargo de la casa familiar y de la droguería que tenían en el pueblo, esa misma por la que pasaban ahora. La madre de Noah había muerto cuando este apenas tenía tres años, y sus hermanos, todos mayores, habían formado familias en otras ciudades. Una noche en que andaba por el campus universitario estirando las piernas y respirando el aire de la primavera, sintió la voz de su padre que lo llamaba varias veces desde la distancia. No era la primera vez que lo oía pronunciando su nombre, pero casi siempre al despertar o en el sopor que antecede al sueño. Le llamó la atención que ello sucediese en plana vigilia y se sintió muy sobrecogido. Al otro día en la mañana había recibido una llamada de Gánder con la noticia de que su padre había fallecido a las 10:15 de la noche anterior ¡justo cuando Noah había sentido el llamado de su voz!

—¡Y hay quienes no creen en lo sobrenatural, Tavo! A mí me han ocurrido varios fenómenos muy curiosos, pero ni me atrevo a contarlos por temor a la incredulidad humana.

—Yo te creo, Noah—, se solidarizó el amigo, sin llegar a compartir con él sus propias historias paranormales de las que tenía abundante repertorio. Pensó que tal vez un día se decidiría a confesárselas a Noah, pero no ahora. Podría parecer que menospreciaba la anécdota del amigo contrastando con ella sus propias ocurrencias sobrenaturales.

Si alguna virtud tenía Octavio, la mayor era el respeto por los sentimientos ajenos. Prefería mil veces sufrir un daño antes que causar dolor o malestar a las personas amadas. ¡Y Noah había llegado a ser su familiar más cercano! ¡Por él podría hacer cualquier sacrificio sin sentir el menor remordimiento!

Siguieron andando por el pueblo y hablando de los resultados del último partido de hockey sobre hielo que seguía siendo el deporte favorito en Canadá a pesar de que había sido absorbido poco a poco por los equipos estadounidenses que manejaban más recursos y resultaban mucho más competitivos.

Después de recorrer las tiendas del centro, volvieron sobre sus pasos y retornaron a la casa. Octavio coló un café a lo cubano que Noah agradeció, pues ya se había acostumbrado a estos cafés cargados que lo ayudaban a combatir el sueño postprandial.


Eran casi las cinco de la tarde cuando Tavo se puso a estudiar su manual de funciones con el termo del café a la mano para no dejarse vencer por la somnolencia del almuerzo que no terminaba de esfumarse. A las nueve, ya se sabía el libro casi de memoria y pensó que debía agradecer a Dios (o a lo que fuese que controlaba las vidas humanas) por su lucidez mental y su alto cociente de inteligencia. Se asomó por la ventana y comprobó que la única luz encendida en casa de Noah era la de la lamparita de noche de su cuarto, por lo que se escanció una copa de tinto californiano y volvió a repasar los pasos para alcanzar sueños lúcidos.

2 comentarios:

  1. Empecé la lectura de esta obra tuya y ya me agarró. Espero la continuación. Besos

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  2. Gracias, amigo, ustedes, mis lectores, son mi mayor inspiración.

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