viernes, 17 de octubre de 2014

Dos

De nuevo a mirarse las manos, dos, tres minutos... Sin haber decidido qué sueño intentar revivir, Tavo cayó rendido por el ajetreo del día. Durmió profundamente y sólo al final de la noche, cuando ya amanecía, tuvo un sueño revelador. Viajaba con Humberto por Transilvania hacia Braşov, la capital de las montañas, en un estado de placidez que no recordaba haber experimentado antes. No podía creer —aun dentro del sueño— que se encontrara en Rumanía, país dominado por los Ceaucescu, bajo su descomunal culto a la personalidad y su "paternalismo" aplastante. Debería sentir con toda su fuerza el peso de la opresión a la que estaba sometido el pueblo de Mihai Eminescu, pero sólo podía abrigar un inexplicable y aletargante sosiego. Sentía que flotaba dentro del bus y, a medida que este ascendía hacia el sureste, el aire que respiraba se hacía más limpio. El olor a oxígeno y a pinos lo transportaba a otro nivel de existencia. ¿Soñaba? Se miró las manos de nuevo, tres dedos en una, cuatro en la otra, miró la hora, y la esfera de su reloj estaba en blanco. ¡Soñaba! Con gran esfuerzo logró no despertar y controlar su sueño. El bus se abrió paso entre los cerros y cruzó cerca del castillo del Conde Drácula. Fueron a dar a un hotel rodeado de pinos en la cima de una montaña donde los recibieron con bombos y platillos. Bellas mujeres en trajes típicos los recibían bailando y cantando al son de panderos y guitarras. Les dieron a beber un aguardiente de pino muy fuerte, pero de agradable sabor... Y, como de otro plano del sueño, apareció volando un auto negro que cayó justo delante de Humberto con Yolanda saliendo del mismo mientras lo apuntaba con el dedo y profería amenazas terribles. En el sueño, Yolanda era la bruja que siempre fue, con capa negra y ojos malévolos. Prometió, juró decirle al Mismísimo que Humberto se había atrevido a traerlo a él, Octavio Villarroque, a Rumanía y no a Marina Farrés, la bruja número dos. A la número uno le fascinaba demostrar su poder —a falta de otras capacidades— por medio de la tortura política. Tavo despertó con un gran sentimiento de culpa y el corazón acelerado. Tan pronto se desperezó, agradeció al Divino no estar en Cuba. En la realidad, a Humberto lo habían borrado de la actividad política desde aquel incidente. En el sueño, Tavo sufría por el amigo. Aunque sabía que estaba en Braşov con toda legitimidad, se sentía de algún modo responsable de la "tronada" de Humberto. Tuvo que respirar varias veces para reponerse de aquello y se juró no volver a soñar jamás con tan deplorables personajes (¡esas arpías inamovibles!¿las vería caer alguna vez?).

El sábado resultó un día feliz para Octavio. Lo pasó pescando salmón en el río, hobby que había adquirido —junto al juego de golf— desde los inicios de su estancia en el pueblo. Había capturado uno bastante grande y dos de medianas proporciones, suficiente comida para Sarah, Noah y él. El domingo se darían banquete. Antes de llegar a la casa, compró veinticuatro botellas de Quidi Vidi, puso 10 en el refrigerador y llevó las restantes a Noah junto con los salmones recién pescados. Con Sarah se bebieron seis, conversando sobre los sucesos del día y planeando el domingo.

¡Y llegó la noche! Eran las nueve cuando Octavio se cambió de ropa y se preparó para dormir. Repasó su libro de sueños y se miró las manos por varios minutos pensando en Estela. Estela era algo que tenía que resolver. Nunca se despidió de ella, y su amor quedó truncado de una manera extraña. La visitaría en su sueño para alcanzar la paz y permitirle a Estela lograrla. (¿Sería posible?)

Esta vez hizo ejercicios respiratorios profundos antes de mirarse las manos. Ni se fijó en cuántos dedos tenía. Las miró hasta que las vio borrosas. Soñaría una vez más con Estela. Esta vez nada ni nadie irrumpiría en sus imágenes. ¡No lo permitiría!

Perdía la conciencia de manera gradual e intermitente. ¿Por qué la vigilia quería seguirse imponiendo? ¿Por qué la lucidez se le asomaba una y otra vez?... Pero fue cayendo en un letargo nebuloso y placentero hasta que... ¡zas! quedó rendido... en los brazos tibios de Estela que lo acunaban y lo apretaban contra su pecho desnudo. Hicieron el amor varias veces, en cada ocasión con un nuevo matiz, con un nuevo sentido. Pasaron por la pasión, la adoración, la idolatría, la ternura, y hasta la melancolía, la nostalgia anticipada, la angustia...
Octavio experimentó cada emoción en aquel sueño. Si hubiese querido, no hubiera podido recrear aquellas escenas, pero sí los sentimientos. Esos estaban fijos en un lugar indefinido, pero real: el alma. En ese mismo sueño, Tavo voló de Cuba a Moscú y de allí a Bratislava sin avión. Sus alas no eran de metal, ni siquiera de cera: eran las alas de la imaginación onírica que se empeñaban en materializarse con terquedad resistente. Ni él mismo hubiera podido describirlas después, pero en el sueño eran ALAS, azules o blanquiazules, no lo podía precisar, pero alas al fin de algún material etéreo.

Despertó en el hotel, junto a Estela. Se miró las manos, contó sus dedos: ¡cinco en cada una! Miró el reloj: ¡las 6:30 am, y la hora se mantenía ahí! Sólo el secundario rodaba, lenta y rítmicamente. Estela le preguntó qué le pasaba, en qué estaba pensando:

—Estás como lejano, ausente...

—No, sólo me miraba las manos, siempre mis manos me resultan curiosas.

—¿Por qué?

—Pienso en cómo se verían con cuatro dedos, o con seis... ¿Por qué tendrán que ser cinco?

—¿Crees que ese misterio sea muy importante para descifrar la evolución? —, No quería decirle a Estela que estaba tratando de revertir el tiempo, mucho menos que lo que vivían no era actual sino un sueño. (¿Lo era?)

—¡No, no, es pura curiosidad!

Con la misma, trató de atravesar la pared con su puño y sólo logró darse un golpe brutal. Le dolió. (¡Coño, es evidente que estoy despierto! Pero, ¿cómo llegué hasta aquí? ¿O sería un dolor onírico?)

Estela lo interrogó otra vez con la mirada. Y le espetó:

—¿Te enloqueciste? ¿Quieres quebrarte la mano?

—Es que cuando estoy contigo, pienso que estoy soñando. ¡No puedo creer que sea verdad! ¡Es demasiado bueno!

—¡Pues es verdad! ¡Al menos por ahora! ¡Vivamos el momento, Tavo!

—¿Hasta cuándo tenemos? ¿Cuándo tienes que irte?

—No, Tavo, si el que se va eres tú. Mañana se termina tu evento, ¿no? Supongo que te irás a más tardar el jueves, o sea, pasado mañana. ¿No has confirmado tu pasaje?

—Sí, sí, pasado mañana. ¡No lo puedo creer! ¿No nos veremos más?

—Bueno, no así. Yo volveré a mi esposo, y tú...

—¡No sé qué va a ser de mí! ¡Siempre te sentiré a mi lado, como ahora!—, la abrazó fuerte hasta casi dejarla sin aliento y pasó su mano una y otra vez por el racimo de pelo rojo ensortijado que caracterizaba a Estela, —de niña, te debes haber parecido a Anita-la-huerfanita...

—Sí, sí, si todos me lo decían...

Y Estela se fue desvaneciendo dentro de su abrazo hasta que Octavio sintió que apretaba un hueco en el espacio vacío. (La materia ni se crea ni se destruye... Entonces, ¡era sueño!)

Estaba sentado en su cama de Gánder, en su habitación, con los brazos cruzados como si ciñera algo contra su pecho. Miró el reloj: ¡las 6:40! (¡Ahora sí que no entiendo nada! ¿Habré soñado con Estela? Pero, ¡estaba despierto! ¿O no?)

Este episodio lo había sacado de paso. No entendía lo sucedido. ¿Habría soñado?... La otra explicación casi posible era la de un salto en el tiempo, pero... Pensó en The time traveller's wife, el apasionante libro de Audrey Niffenegger, y estuvo seguro de que la autora tenía que haber vivido una experiencia similar a la de él. Pensó y pensó en ello... (Quizás esto de viajar en el tiempo se vaya alcanzando por etapas, como ocurre con la peregrinación de las almas en la metempsícosis pitagoriana.) A Audrey el viaje en el tiempo se le daba en estado de vigilia y sin previo aviso; a él se le había dado en el sueño o al menos eso parecía. Se preguntó si habría alguna relación entre los sueños y los viajes en el tiempo... (Tendré que volver a probar hasta que lo descubra. Pero, de ser así... ¡espero poder hacer varios viajes antes de morir! ¡Sería maravilloso poder saldar viejas cuentas con el pasado!) En este punto, se percató de que no había resuelto el problema de Estela. Ella se había difuminado antes de que se hubiera producido un cierre de la relación. Entonces, todo seguía igual. Habría que volver a intentarlo en otra ocasión.

Se levantó de la cama para colar un café bien fuerte, a lo cubano. A veces tomaba café aguado, a la usanza de Norteamérica, pero hoy se había antojado de una tacita del fuerte, el único que lograba ponerlo en estado de total vigilia. Tenía un paquete de Melita Extraforte, que le había regalado un amigo carioca, más aromático y sabroso que el Cubita o el Serrano, tan apreciados por sus coterráneos del exilio. Lo preparó en su cafetera italiana, y en breves minutos su poderosa fragancia invadió los espacios de la habitación. Se escanció un poquito en una taza grande —no tenía las tacitas apropiadas— y lo bebió mientras saboreaba un touton calentado en su microondas, proceso que repitió una vez más para quedar satisfecho. Pero ese trasiego gastronómico no le impidió continuar urdiendo su plan para viajar en el tiempo, si solo fuese mediante imágenes oníricas a falta de la apetecida alternativa.

A las ocho salió a la panadería a conseguir un postre para el almuerzo. Escogió una variedad de dulces finos y los hizo envolver para llevarlos a casa de Noah. Luego regresó a su cuarto para echarle un último vistazo al manual de funciones que tendría que poner en práctica al día siguiente. Comprobó que su memoria conservaba el vigor de siempre: se lo sabía al dedillo. No tendría problema alguno para desempeñarse como un excelente supervisor. Y esa certeza le confería la tranquilidad necesaria para pensar en sus sueños lúcidos. Faltaba hora y media para el almuerzo, así que volvió a repasar sus notas. ¡Se las sabía! Ya no tendría que volver a estudiarlas de nuevo. Agarró un libro del estante y se puso a leerlo. ¡El recurso del método de Alejo Carpentier! ¡Inconfundible y maravilloso! ¿Cómo era posible que le hubiesen arrebatado el Nobel? (¡Pero hay tantos excelentes actores sin Óscar; tantos inigualables escritores sin Nobel!¡Tantos héroes sin medallas en el pecho! ¡Tantos sabios desconocidos!... ¡Mi padre!...)

El día transcurrió como lo esperaba. Un excelente almuerzo con Noah y Sarah y una sobremesa cargada de reflexiones existenciales en la que no se atrevió a compartir sus angustias sobre la reversibilidad del tiempo. Sólo arriesgó algunas insinuaciones someras que no encontraron eco en los amigos. Sarah insistió en que debían vivir "lo que les quedaba" con más intensidad que nunca, porque la vida "se nos está acabando":

—Todos venimos a este mundo con el tiempo contado, previamente medido por la Parca... ¡Hay que disfrutar los que tengamos!

Sí, —respondió Noah—, la Parca medidora, pues son tres: una estira el hilo de la vida, otra lo mide y finalmente la tercera lo corta. Y a cada quien le toca cuando le toca. ¡Las Parcas tienen la última palabra!

—No estoy tan seguro de eso—, dijo Octavio sin mucha convicción—, pero es posible. Lástima que no haya cómo demostrarlo. Siempre que alguien muere podemos decir que era su hora, pero ¿cómo saberlo con certeza? ¿Se dan cuenta de mi duda?

—Sí, —apuntó Noah—, si lo vemos en un plano metafísico, tengo que darte la razón.

Pero Octavio no quiso seguir profundizando en el tema, convencido de que sólo la práctica era el criterio de la verdad, como había estudiado de joven. (The proof of the pudding is in the eating.) Él seguiría intentando transportarse en sus sueños a las miles de vida que —estaba seguro— había vivido en sus algo más de 60 años de existencia.

Terminaron la sobremesa con un cointreau francés que le habían regalado a Noah en el aeropuerto. Octavio estornudó con el primer sorbo. No sabía por qué los licores le producían estornudos en el primer trago; luego se adaptaba y podía seguir bebiendo sin problemas. Se tomaron la copita del plus, y se desearon buen apetito y mucha salud.

—¿Nos vemos luego?—, preguntó Noah cuando Octavio se levantó dispuesto a salir.

—No creo. Mañana empiezo en el trabajo y todavía quiero repasar una vez más el manual.

En realidad, Octavio estaba seguro de que podía recitar el manual de atrás para alante y vice-versa. Pero ansiaba volver a su privacidad para analizar con calma  el asunto de los sueños y trazarse un plan más efectivo. (Aunque hasta ahora no me ha ido tan mal, pensó).

Abrió su laptop y se zambulló en Internet buscando la frase "viaje en el tiempo". Creía poder relacionar sus sueño lúcidos con esto. Empezó por lo más sencillo: la Wikipedia. Leyó:

"el viaje a través del tiempo es un concepto de desplazamiento hacia delante o atrás en diferentes puntos del tiempo, similar a como se hace un desplazamiento en el espacio. Además, algunas interpretaciones de viaje en el tiempo sugieren la posibilidad de viajes entre realidades o universos paralelos".

Al tratar de ubicar las formas para lograrlo, encontró unos cinco métodos, ninguno de los cuales de relacionaba con los sueños. Le llamó mucho la atención la posibilidad teórica de construir un universo paralelo, ¿o varios? Se estudió las paradojas de los viajeros en el tiempo. Estaba claro, pensaba que el viaje en el tiempo era imposible en un plano físico. Pero, ¿qué tal en un plano metafísico? ¿u onírico?... Siguió buscando... ¿Qué relación podría haber entre los sueños lúcidos y los viajes en el tiempo?... Al parecer ninguna, pero sí encontró algunos artículos que correlacionaban los sueños lúcidos con los llamados viajes astrales: el cuerpo no puede viajar, pero sí puede hacerlo la conciencia... Recordó un cuento que le había hecho su amigo Ciro en Cuba una vez. Ciro había hecho un viaje astral a España. Había descrito lugares en los que nunca había estado con tal precisión que quienes sí los conocían quedaban boquiabiertos... (Pero lo de Ciro había sido algo así como un estado de auto hipnosis, se dijo).

—El "cuerpo astral"—, aseguraba Ciro—, pude dejar al cuerpo físico y volar hacia cualquier lugar que se le antoje. Claro que es necesario alcanzar ciertos niveles de desarrollo espiritual para poder lograrlo.

(Quizás por eso yo nunca pude hacer un viaje astral, aunque lo intenté. Dios sabe las veces que lo intenté. Pero mientras Ciro y sus amigos metafísicos creían en eso a pie juntilla y dedicaban larguísimas horas a su estudio cada jornada, yo quería creer, pero no lo lograba por completo. Es verdad que no me puse a estudiar como ellos, pero ¿acaso el desarrollo del mundo astral puede requerir tanto estudio? Esto de ahora es diferente. No me propongo hacer viajes astrales, sino viajes en el tiempo mediante el único instrumento que los puede alcanzar: el sueño. Claro que hay un componente hipnótico en esto ¿o no? Pues sí lo hay. Lo de mirarnos las manos mucho rato y pensar en lo que quiero soñar, es una forma de hipnosis. ¡Y el "viaje astral" es otra! O, tal vez, la misma. Quizás los tales "viajes astrales no sean sino sueños lúcidos"... Pero, sólo lo sabré cuando los logre.)

Había unos tipos que se hacían llamar "onironautas" que explicaban el fenómeno con mucha simplicidad. Decían:

"Nos vamos a la camita, nos relajamos y despreocupamos (o sea, sin agobios). El sueño va invadiendo suavemente nuestro cuerpo y CUANDO YA ESTAMOS ENTRE DORMIDOS Y DESPIERTOS, cuando las imágenes oníricas comienzan a hacerse muy vivas, en esa frontera entre vigilia y sueño (como decía Campanilla a Peter Pan en la película Hook), cuando ya no estamos seguros de estar dormidos o despiertos... sintiéndonos algo sutil, fluido o vaporoso... NOS LEVANTAMOS. Realmente nos levantamos de nuestra cama en un acto real y voluntario. No imaginando, no pensando, no suponiendo sino LEVANTÁNDONOS realmente. Si el momento es el adecuado lo que estaremos haciendo es lo que iba a suceder de todas maneras: nuestra "psiquis" y nuestra "conciencia" se separan del "cuerpo físico". Estaremos allí, en nuestro cuarto, mientras nuestro cuerpo permanece en su camita (¡qué susto os habéis llevado cuando visteis esto por primera vez!). Podéis volar, atravesar paredes o salir por la ventana a investigar lo que queráis (buen asunto para ver algunos de esos lugares comentados en Guía del Trotamundos Onírico). Esto es un "desdoblamiento consciente". Es realmente muy sencillo... sólo que a veces no creemos en las cosas sencillas y entonces todo parece muy complicado. Más todavía cuando vivimos llenos de miedos irracionales que nos limitan espantosamente. (sic)
"(http://onironautas.org/lucido_viaje_astral.html).

Octavio sabía que había mucho más que eso y que no era tan sencillo. Había otro "viajero en el tiempo" que afirmaba que lo que distinguía un sueño lúcido de un viaje astral era que mientras que en el primero " el soñante sabe que está soñando", lo que "involucra un alto caudal de energía mental", el segundo "viene a ser una facultad desarrollada, pues se realiza voluntariamente y en estado consciente y por supuesto no es fácil de lograrla y las personas que pueden hacerla la emplean generalmente para fines altruistas, como ayuda de tipo espiritual y curaciones".
(http://sobrenatural42.blogspot.com/2006/11/sueos-lucidos-y-viajer-astrales.html)

Octavio no se propondría dominar los viajes astrales, pero sí los sueños lúcidos. Si eran lo mismo, mejor. Si no, daba igual. (Con ellos habré de viajar en el tiempo algún día).

Pero viajara o no su cuerpo en el tiempo , soñar era una forma de hacerlo en su mente (¿psiquis?, ¿alma?, ¿conciencia?, ¿subconsciente?, ¿inconsciente?...)

Cuando cayó la tarde, se preparó un té negro con limón y unas tostadas y salió a caminar para seguir meditando.



martes, 7 de enero de 2014

UNO

Un pálpito abarcador se apropiaba de su mente, y percibía una clara presencia familiar nunca acompañada de su ser corpóreo. Hubiera querido extender la mano para alcanzar la otra o para acariciar el cabello de raíces que otrora se ensortijaba en sus dedos ansiosos... ¡Pero hubiera sido inútil!

La primera vez que Octavio transitó, lo hizo en un sueño. Se había quedado dormido pensando en Estela, oliendo la fragancia de su abundante pelo rojo, abrazando la redondez de su cuerpo blanco y suave y tibio... ¡Y despertó a su lado! Ella dormía ceñida a él, desnuda bajo la colcha. Octavio podía sentir la calidez de su piel y el aroma de su cuello, podía besar sus ojos cerrados, su nariz afilada, su boca entreabierta. Estela era de él y de nadie más. Le pertenecía, al menos en su sueño...

Los recuerdos se habían materializado a retazos, como en un rompecabezas. Cada pieza era, en sí, perfecta. El todo ya no existía. Cada transición le traía algún pedazo. La primera le entregó el cabello de Estela, su cuerpo, sus facciones... Entonces lo consideró bastante. No suficiente, pero bastante. Estaba satisfecho. ¡Por el momento!

Luego vinieron otras, también en sueños. Un día caminaban tomados del brazo. ¿Venían o iban? a algún lugar. Estela se aferraba al brazo de él mientras sus botas menudas entraban y salían de la nieve, más densa que en otras ocasiones... Les costaba andar, y los bajos de los pantalones de ambos se iban cubriendo de un lodo amarillento, sucio. Sin embargo, eran felices redescubriéndose al cabo de veintidós años. ¡Nunca antes habían podido compartir la sensación de intimidad que ahora los embargaba! Y, sin embargo, ¡no habían llegado a pronunciar una sola palabra de amor! Octavio no podía recordar cómo habían llegado a entenderse de aquella manera tácita y silenciosa. Pero la pieza expuesta ahora exhumaba complicidad callada. Caminaban juntos, casi marchaban, mientras sus corazones latían al mismo ritmo a pesar de que Estela lo aventajaba en unos 15 años. Octavio la amaba. Comprendía que siempre había sentido un amor mudo por ella. Lo que no sospechaba era que Estela también se derretía por él. Aunque no lo decía, él podía percibirlo en el contacto de su mano, en el compás de su andar... ¡Y aquí terminaba el sueño y, con él la pieza nevada!

Octavio fue descubriendo nuevos retazos. Los revivía con claridad meridiana, pero no a voluntad. Era como viajar en el tiempo. ERA viajar en el tiempo. ERA lo que anhelaba. Pero ¿podría dominar los viajes de modo que se acomodaran a su necesidad? Vinieron muchos días sin sueños. Estaba enfermo. Tenía problemas digestivos, respiratorios, cardíacos... Tenía 68 años. ¡Y Estela había muerto hacía cinco! Ahora no podía soñar; quería, pero...

Pasaron dos años sin sueños. Al fin, una noche de cuarto menguante Octavio volvió a soñar. Otra pieza para el rompecabezas. Esta vez era un sueño de retazos incoherentes, fragmentos muy vívidos de la realidad pasada. Andaba solo por las calles de Moscú. Entró al edificio viejo de la Universidad. Caminó por los pasillos y salió al patio. ¡Nevaba! Encontró a su tutor, que entonces era joven. Conversaron. Lo que hablaron era importante, pero Octavio no lo pudo recordar después. Una angustia lo invadió. Ahora que estaba más próximo a la muerte, ¡no quería perder el pasado; quería salvarlo para las generaciones venideras! Y no sabía por qué...

Ese día Octavio se propuso estudiar los sueños lúcidos. Quizás era el único camino para viajar en el tiempo; para rescatar aquello que había pasado por alto en el correr de la vida; para recuperar a Estela y no perderla nunca más; para desfacer entuertos... Buscó todo el material disponible y se puso a estudiar.

Comenzó con repetirse varias veces durante el día si estaba soñando. Con el tiempo, si lo practicaba a menudo, lo haría también durante un sueño... Se volvió un obseso del asunto, a tal punto que a veces, por andarse planteando la pregunta no escuchaba lo que le decían. Para comprobar la realidad, llegaba a medidas drásticas, como pellizcarse en un costado de la panza hasta hacerla doler. ¿Sería efectivo este método? Lo buscó en internet y se complicó la vida. Encontró mil maneras de hacerlo y las redujo a nueve. Pero aun así, ¿de dónde sacaría el tiempo para ponerlas en práctica sin parecer un loco de atar? Tendría que mirar un reloj digital para ver si era constante (durante el sueño, los relojes podían cambiar de un instante al otro); observar un texto, mirar a otro lado y volver a fijarse en él para ver si había cambiado (en los sueños, los textos a menudo se transforman de maneras extrañas); encender y apagar la luz (en los sueños, los cambios en la iluminación no responderían a las órdenes del interruptor); mirarse en un espejo (la imagen aparecería borrosa o distorsionada —o no aparecería— si estuviese soñando); apretarse la nariz e intentar respirar (al parecer, en los sueños se puede respirar con la nariz tapada); mirarse las manos y preguntarse si estaba soñando (cuando soñamos podemos ver más o menos de cinco dedos en la mano sin que ello nos cause perplejidad); saltar en el aire (si somos capaces de flotar o volar, estamos soñando); pincharse a sí mismo (en los sueños la carne está más elástica. Una comprobación de realidad con esto es empujar un dedo a través de la palma de la mano...); probar a apoyarse en una pared (¡en un sueño es posible que nos caigamos atravesándola!).

Cuando estaba solo, las ejercitaba tanto como podía a pesar de que experimentaba intensas dudas sobre la certeza de aquello. "¡Tiene que ser verdad! ¡Si tantas personas lo han experimentado!... ¡Yo quiero lograrlo! ¡Nada es más efectivo que la sugestión!". Se le parecía bastante a los mecanismos de la religión, pero en este caso, esperaba obtener un resultado tangible. Estaba ansioso por conseguir un sueño lúcido. Si se autoexaminaba a profundidad, creía haber tenido atisbos de ellos alguna vez. No estaba seguro, pero casi podía jurar que en algún momento de su vida se había vuelto a dormir después de estar despierto y había logrado atrapar el hilo de su sueño anterior. No sabía cómo lo había conseguido y, por supuesto, no podía repetir la hazaña a voluntad.

El otro paso en el proceso era llevar un diario de sueños. ¡Ni que lo hubiese adivinado! Desde hacía años, Octavio escribía sus sueños tan pronto se despertaba para poder recordarlos después. Cualquier cosa que hiciese antes de la escritura le hacía perderlos para siempre. Su diario era bastante voluminoso. Cuando empezó a estudiar los sueños lúcidos, releyó su diario varias veces. Los relatos eran incoherentes y, así escritos, no transmitían la carga emocional que acompañaba a la experiencia onírica. Pero Octavio podía rememorar algunas emociones asociadas a la mayoría de ellos. Se daba cuenta de que, con sus sueños, si los lograba, podría recuperar una parte crucial de su pasado, sobre todo, podría re-vivir su pasado y ¿cambiarlo?... Los expertos aseguraban que los sueños lúcidos se podían controlar a voluntad...

Pasaba el tiempo, y Octavio ganaba terreno en el dominio de sus sueños. El método de mirarse las manos antes de dormir había probado ser de los más efectivos.

Una noche, se sentó en la cama y se miró las palmas de sus manos. Pensó en la primera vez que él y Estela se besaron y continuó mirándose las manos y pensando en aquel beso tibio e infinito. "Hoy soñaré con el beso de Estela", se repetía. Se acostó, todavía mirándose las palmas y pensando que soñaría con el beso. Y se quedó dormido... 

En algún momento sus manos se le aparecieron en el sueño, tres dedos, cuatro... y Estela estaba sentada a su lado en el diván de la habitación de un antiguo hotel de Praga. Conversaban de manera desordenada sobre cómo se conocieron, sobre la montaña de obstáculos que se interponía entre ellos entonces, sobre la enorme fortuna de estar solos ahora y de poder gozar de la intimidad deseada por ambos.

—Mira, Octavio, nunca me permití amarte por la diferencia de edad, y por respeto a mi marido. Recuerda que entonces yo estaba casada, ¡casada, Octavio!... La verdad es que no sé ni cómo me enamoré de ti. Eras casi un niño, y me daba miedo lo que sentía...

Estela vestía una túnica a veces griega, a veces egipcia, que cambiaba de color y tenía una cinta verde amarrada a su pelo. De alguna extraña manera Octavio le respondía por teléfono, sentado en el piso de su cuarto en Luyanó, y, entonces, Estela aparecía al otro lado de la línea. Pero podían verse y tocarse, a pesar del teléfono, como si este fuese un accesorio innecesario. Le decía:

—A mí me daba más miedo aún. Era casi un niño, y tú estabas casada, ¡casada, Estela!... Pero yo sabía que te amaba. ¡Tantas veces estuve a punto de confesártelo! Te lo dejé entrever de mil formas, pero nunca te lo revelé abiertamente. ¡Estaba aterrorizado! Luego, la vida nos separó. Yo seguí mis estudios, y tú te me perdiste. ¡No te vi como en diez años! ¿O fueron más? Y luego nos encontramos en aquel congreso...

Ahora Estela le hablaba desde Madrid, y él seguía sentado en su cuarto, y siempre ¡el teléfono!

—Estábamos en bandos opuestos. ¡Se suponía que todos estábamos por lo mismo! Pero yo trabajaba con Yolanda y, para mí, ella era la revolución!

—¡Y yo con Humberto! ¡Qué tipo ese! ¡El mejor! Para mí, Humberto sí que era la revolución. ¡Él odiaba a Yolanda, y ella a él! ¿Cómo era posible? Yo tenía que odiar a Yolanda y que odiarte a ti; ¡estaba obligado!... Pero, en medio de aquel torbellino, ¡te amaba! ¿Lo podrás creer?

Seguían hablando sin parar, pero ahora Octavio no podía concienciar el tema de la plática. Parecía lo más natural del mundo que estuviesen de nuevo sentados en el sofá de aquella habitación encortinada del hotel más antiguo de "la ciudad de las cien torres", como la había bautizado Josef Hormayer en el siglo XIX. Tavo estaba ahora muy elegante, de cuello y corbata y, movido por la creciente compenetración que estaban logrando, le espetó que la iba a besar sin que Estela protestase. Fijó sus labios a los de ella y se sintió envuelto por el beso que desencadenó un acto de amor extremo. Se amaron entonces desnudos, en una nube blanca muy suave, en el cielo, y Octavio despertó sin saber si el acto se había consumado o no. Estaba confundido y feliz, sintiendo a Estela a su lado.

Volvió a mirarse las manos, ¡cinco dedos en cada una!, pero ya no pudo volver a conciliar el sueño. Se apresuró a escribir todo aquello. "¡Que no se me olvide nada; que no se me olvide nada!", deseó.

Dejó la cama con desgano y fue a comprar pan. No tenía mucho dinero; la vejez lo había agarrado sin ahorros y ahora, de contra, sin trabajo. Vivía solo en un cuarto con baño que le había cedido un amigo canadiense. No pagaba alquiler, ni luz, ni agua, gracias a Noah. Pagaba por el cable para su televisor y por su servicio de Internet. Le habían ofrecido un trabajo en el aeropuerto, y lo iba a tener que aceptar, viejo y todo. Por suerte, era un trabajo burocrático, y no tendría que toparse con los pasajeros de los aviones. De lo contrario, se tropezaría con muchos cubanos conocidos, ¡y no quería! ¡estaba harto ya de cocinarse en esa salsa!

Recordaba cómo se había quedado en Gánder en 1990. Regresaba de un evento en Bratislava. El avión hizo escala allí, y diez polacos pidieron asilo. Tremendo retraso en el vuelo para identificar todas las maletas y evitar un sabotaje. Tanto lo había deseado que ¡al fin! se decidió antes de ir a reconocer su equipaje. Caminó con parsimonia por un pasillo largo y fue a dar a una oficina:

—I'm Cuban. I want to stay in Canada!

Y lo demás ya era historia. Noah era empleado de Migración y simpatizó con él desde un principio. Descubrieron que tenían mucho en común. Noah era hijo de ingleses, y a Octavio lo había educado una maestra anglosajona que se había ido de Cuba en el 61. Ambos habían leído los mismos libros, se sabían los mismos poemas, usaban las mismas expresiones en inglés. Noah le ofreció un cuarto con baño que su padre había construido hacía unos años en el patio de su casa. Sólo habría que sacar algunos trastos viejos que se guardaban allí, y limpiar. Había una cama de una plaza con un colchón en bastante buen estado, un armario con seis gavetas y un sillón. ¿Qué más podía pedir? Octavio se había conseguido una hornillita para hacerse té y café y para cocinar algunos platos. El cuarto se beneficiaba de la calefacción central de la casa que funcionaba con un sistema de aire forzado algo antiguo pero todavía eficiente. Los trabajos que Octavio había conseguido le permitían vivir sin carencias, pero nunca pudo alquilarse un apartamento como hubiera deseado por lo que había envejecido en el patio de Noah. Ambos pasaban algunos ratos juntos en la sala del canadiense. Muchas veces, Noah invitaba a Octavio a almorzar, sobre todo cuando Sarah, su empleada, preparaba su exquisito salmón en salsa de ginebra y enebro con las —ya familiares— lenguas de bacalao rebozadas como aperitivo. Acompañaban el condumio con cerveza Quidi vidi y, a veces también, con una línea o dos de ron Screech.

Trajo dos hogazas de blanco canadiense, una para él y otra para Noah. Como solía hacer muchas veces, entró primero a la casa del amigo y dejó el pan sobre la meseta de la cocina. Luego se fue a su cuarto, se cortó dos rebanadas y las untó con mantequilla. Se preparó un café con leche fuerte sin azúcar y se frió dos huevos. Estaba listo para comenzar el día.

Noah lo pilló en la entrada de la casa, cuando ambos salían, y lo invitó a almorzar.

—Tavo, Sarah va a hacer unas chuletas de cerdo con miel de arce que son una delicia.

—No me las pierdo por nada. Nos vemos ¿a la una?

—Perfecto, es mi hora. ¡No dejes de ir a tu cita en el aeropuerto! ¡Tienen trabajo para ti!

—A eso voy, ¡gracias por todo! ¡Luego te cuento!

A pesar de que ya pasaba de los sesenta años, le dieron el empleo después de una breve entrevista. Sería supervisor, un cargo que implicaba gran responsabilidad en un aeropuerto como ese. Le entregaron un manual de funciones de casi doscientas páginas, las que tendría que memorizar en menos de tres días. No tendría horario laboral fijo. Su trabajo estaría a merced de las necesidades del aeropuerto. Cada día recibiría sus órdenes de Mr. Butler, quien tenía a su cargo doce supervisores como él. Pero, gracias a un eficiente sistema de rotación del personal que Mr. Butler se había inventado, tendría tres días seguidos libres a la semana, los que resultaban más que suficientes para recargar sus baterías. Era viernes; el lunes tendría que presentarse a trabajar.

Tuvo tiempo de llegar a su cuarto, dejar el manual de funciones sobre su escritorio y darse una ducha caliente antes de tocar a la puerta de Noah.

La comida de Sarah siempre lo transportaba a la gloria. Las chuletas le habían quedado sublimes, y Noah había comprado un tinto californiano de muy buen bouquet. Hablaron de comidas, y Octavio demostró su sabiduría culinaria. Noah no se quedaba atrás y pudo aportar a la charla nuevos conocimientos gastronómicos. Los amigos tenían la capacidad de asombrarse mutuamente a pesar de los años compartidos. Octavio habló de la exquisitez de las carnes de kawama y de manatí. ¡Una pena que estuviesen en veda! ¿Por qué tendrían que extinguirse especies tan sabrosas??? Luego se acordó de las angulas sobre cuyo ciclo de reproducción disertó largo rato para asombro de Noah, quien, por su parte, conversó sobre las bondades y los modos de preparación del bacalao y el salmón. Disfrutaron en extremo la comida y la plática y, después de un trozo de pie de manzana todavía algo tibio, bebieron té con limón para ayudar a la digestión.

—¿Quieres caminar un poco?—, preguntó Noah al amigo.

—¡Seguro! ¡Vamos!

Anduvieron por el pueblo durante hora y media, deteniéndose a mirar las vidrieras y a comprar alguna que otra chuchería llamativa. Octavio compró un alce de porcelana bastante grandes proporciones que hacía rato estaba queriendo colocar en una repisa construida por él mismo ("par moi-même", pensó). Al pasar por la droguería del pueblo, Noah recordó una anécdota de su juventud que Tavo no conocía y se la contó. Noah se había ido de su casa muy joven para estudiar, como su padre y su abuelo, Farmacia en la Universidad de Toronto. Su padre se había quedado en Gánder a cargo de la casa familiar y de la droguería que tenían en el pueblo, esa misma por la que pasaban ahora. La madre de Noah había muerto cuando este apenas tenía tres años, y sus hermanos, todos mayores, habían formado familias en otras ciudades. Una noche en que andaba por el campus universitario estirando las piernas y respirando el aire de la primavera, sintió la voz de su padre que lo llamaba varias veces desde la distancia. No era la primera vez que lo oía pronunciando su nombre, pero casi siempre al despertar o en el sopor que antecede al sueño. Le llamó la atención que ello sucediese en plana vigilia y se sintió muy sobrecogido. Al otro día en la mañana había recibido una llamada de Gánder con la noticia de que su padre había fallecido a las 10:15 de la noche anterior ¡justo cuando Noah había sentido el llamado de su voz!

—¡Y hay quienes no creen en lo sobrenatural, Tavo! A mí me han ocurrido varios fenómenos muy curiosos, pero ni me atrevo a contarlos por temor a la incredulidad humana.

—Yo te creo, Noah—, se solidarizó el amigo, sin llegar a compartir con él sus propias historias paranormales de las que tenía abundante repertorio. Pensó que tal vez un día se decidiría a confesárselas a Noah, pero no ahora. Podría parecer que menospreciaba la anécdota del amigo contrastando con ella sus propias ocurrencias sobrenaturales.

Si alguna virtud tenía Octavio, la mayor era el respeto por los sentimientos ajenos. Prefería mil veces sufrir un daño antes que causar dolor o malestar a las personas amadas. ¡Y Noah había llegado a ser su familiar más cercano! ¡Por él podría hacer cualquier sacrificio sin sentir el menor remordimiento!

Siguieron andando por el pueblo y hablando de los resultados del último partido de hockey sobre hielo que seguía siendo el deporte favorito en Canadá a pesar de que había sido absorbido poco a poco por los equipos estadounidenses que manejaban más recursos y resultaban mucho más competitivos.

Después de recorrer las tiendas del centro, volvieron sobre sus pasos y retornaron a la casa. Octavio coló un café a lo cubano que Noah agradeció, pues ya se había acostumbrado a estos cafés cargados que lo ayudaban a combatir el sueño postprandial.


Eran casi las cinco de la tarde cuando Tavo se puso a estudiar su manual de funciones con el termo del café a la mano para no dejarse vencer por la somnolencia del almuerzo que no terminaba de esfumarse. A las nueve, ya se sabía el libro casi de memoria y pensó que debía agradecer a Dios (o a lo que fuese que controlaba las vidas humanas) por su lucidez mental y su alto cociente de inteligencia. Se asomó por la ventana y comprobó que la única luz encendida en casa de Noah era la de la lamparita de noche de su cuarto, por lo que se escanció una copa de tinto californiano y volvió a repasar los pasos para alcanzar sueños lúcidos.

A mis queridos seguidores, a quienes quiero reconocer en este introito por ser ustedes ahora la fuente principal de mi inspiración. Sé que no son muchos, pero son fieles. Aquí van sus nombres:

Lourdes Baeza (mi hermana)
Nancy Martín (mi prima)
Silvia González
Grethel García
Gladys Pensado
Cecilio Tieles
Daniela Heredia
Antonio Martín (mi primo)
Fabiola Crespo
Esther Araña

Si he dejado de mencionar a algún asiduo lector o lectora es porque no se ha identificado en mis anteriores publicaciones del Facebook.  Quiero agradecer a tod@s los que se toman el trabajo de leerme, aparezcan o no en la lista.

Esta vez tendrán que tener un poco más paciencia, porque voy a publicar en la medida en que escribo, y el proceso es generalmente lento. Ofrezco disculpas de antemano, con la esperanza de que la señora Inspiración me visite (parafraseando a la incomparable Dulce María Loynaz) a menudo y no los haga sufrir mucho.                                                            
¡Ojalá esta obra alcance la calidad que ustedes se merecen! ¡Pondré todo mi empeño en ello! ¡Allá vamos!