Un pálpito abarcador se apropiaba de su mente, y percibía
una clara presencia familiar nunca acompañada de su ser corpóreo. Hubiera
querido extender la mano para alcanzar la otra o para acariciar el cabello de
raíces que otrora se ensortijaba en sus dedos ansiosos... ¡Pero hubiera sido
inútil!
La primera vez que Octavio transitó, lo hizo en un sueño. Se
había quedado dormido pensando en Estela, oliendo la fragancia de su abundante pelo
rojo, abrazando la redondez de su cuerpo blanco y suave y tibio... ¡Y despertó
a su lado! Ella dormía ceñida a él, desnuda bajo la colcha. Octavio podía sentir
la calidez de su piel y el aroma de su cuello, podía besar sus ojos cerrados,
su nariz afilada, su boca entreabierta. Estela era de él y de nadie más. Le
pertenecía, al menos en su sueño...
Los recuerdos se habían materializado a retazos, como en un rompecabezas.
Cada pieza era, en sí, perfecta. El todo ya no existía. Cada transición le traía
algún pedazo. La primera le entregó el cabello de Estela, su cuerpo, sus
facciones... Entonces lo consideró bastante. No suficiente, pero bastante.
Estaba satisfecho. ¡Por el momento!
Luego vinieron otras, también en sueños. Un día caminaban
tomados del brazo. ¿Venían o iban? a algún lugar. Estela se aferraba al brazo de
él mientras sus botas menudas entraban y salían de la nieve, más densa que en
otras ocasiones... Les costaba andar, y los bajos de los pantalones de ambos se
iban cubriendo de un lodo amarillento, sucio. Sin embargo, eran felices
redescubriéndose al cabo de veintidós años. ¡Nunca antes habían podido
compartir la sensación de intimidad que ahora los embargaba! Y, sin embargo, ¡no
habían llegado a pronunciar una sola palabra de amor! Octavio no podía recordar
cómo habían llegado a entenderse de aquella manera tácita y silenciosa. Pero la
pieza expuesta ahora exhumaba complicidad callada. Caminaban juntos, casi
marchaban, mientras sus corazones latían al mismo ritmo a pesar de que Estela
lo aventajaba en unos 15 años. Octavio la amaba. Comprendía que siempre había
sentido un amor mudo por ella. Lo que no sospechaba era que Estela también se
derretía por él. Aunque no lo decía, él podía percibirlo en el contacto de su
mano, en el compás de su andar... ¡Y aquí terminaba el sueño y, con él la pieza
nevada!
Octavio fue descubriendo nuevos retazos. Los revivía con
claridad meridiana, pero no a voluntad. Era como viajar en el tiempo. ERA
viajar en el tiempo. ERA lo que anhelaba. Pero ¿podría dominar los viajes de
modo que se acomodaran a su necesidad? Vinieron muchos días sin sueños. Estaba
enfermo. Tenía problemas digestivos, respiratorios, cardíacos... Tenía 68 años.
¡Y Estela había muerto hacía cinco! Ahora no podía soñar; quería, pero...
Pasaron dos años sin sueños. Al fin, una noche de cuarto
menguante Octavio volvió a soñar. Otra pieza para el rompecabezas. Esta vez era
un sueño de retazos incoherentes, fragmentos muy vívidos de la realidad pasada.
Andaba solo por las calles de Moscú. Entró al edificio viejo de la Universidad.
Caminó por los pasillos y salió al patio. ¡Nevaba! Encontró a su tutor, que
entonces era joven. Conversaron. Lo que hablaron era importante, pero Octavio
no lo pudo recordar después. Una angustia lo invadió. Ahora que estaba más
próximo a la muerte, ¡no quería perder el pasado; quería salvarlo para las
generaciones venideras! Y no sabía por qué...
Ese día Octavio se propuso estudiar los sueños lúcidos.
Quizás era el único camino para viajar en el tiempo; para rescatar aquello que
había pasado por alto en el correr de la vida; para recuperar a Estela y no
perderla nunca más; para desfacer entuertos... Buscó todo el material
disponible y se puso a estudiar.
Comenzó con repetirse varias veces durante el día si estaba
soñando. Con el tiempo, si lo practicaba a menudo, lo haría también durante un
sueño... Se volvió un obseso del asunto, a tal punto que a veces, por andarse
planteando la pregunta no escuchaba lo que le decían. Para comprobar la
realidad, llegaba a medidas drásticas, como pellizcarse en un costado de la
panza hasta hacerla doler. ¿Sería efectivo este método? Lo buscó en internet y
se complicó la vida. Encontró mil maneras de hacerlo y las redujo a nueve. Pero
aun así, ¿de dónde sacaría el tiempo para ponerlas en práctica sin parecer un
loco de atar? Tendría que mirar un reloj digital para ver si era constante (durante
el sueño, los relojes podían cambiar de un instante al otro); observar un
texto, mirar a otro lado y volver a fijarse en él para ver si había cambiado (en
los sueños, los textos a menudo se transforman de maneras extrañas); encender y
apagar la luz (en los sueños, los cambios en la iluminación no responderían a
las órdenes del interruptor); mirarse en un espejo (la imagen aparecería borrosa
o distorsionada —o no aparecería— si estuviese soñando); apretarse la nariz e
intentar respirar (al parecer, en los sueños se puede respirar con la nariz
tapada); mirarse las manos y preguntarse si estaba soñando (cuando soñamos podemos
ver más o menos de cinco dedos en la mano sin que ello nos cause perplejidad);
saltar en el aire (si somos capaces de flotar o volar, estamos soñando); pincharse
a sí mismo (en los sueños la carne está más elástica. Una comprobación de
realidad con esto es empujar un dedo a través de la palma de la mano...); probar
a apoyarse en una pared (¡en un sueño es posible que nos caigamos
atravesándola!).
Cuando estaba solo, las ejercitaba tanto como podía a pesar
de que experimentaba intensas dudas sobre la certeza de aquello. "¡Tiene
que ser verdad! ¡Si tantas personas lo han experimentado!... ¡Yo quiero
lograrlo! ¡Nada es más efectivo que la sugestión!". Se le parecía bastante
a los mecanismos de la religión, pero en este caso, esperaba obtener un resultado
tangible. Estaba ansioso por conseguir un sueño lúcido. Si se autoexaminaba a
profundidad, creía haber tenido atisbos de ellos alguna vez. No estaba seguro,
pero casi podía jurar que en algún momento de su vida se había vuelto a dormir
después de estar despierto y había logrado atrapar el hilo de su sueño
anterior. No sabía cómo lo había conseguido y, por supuesto, no podía repetir
la hazaña a voluntad.
El otro paso en el proceso era llevar un diario de sueños.
¡Ni que lo hubiese adivinado! Desde hacía años, Octavio escribía sus sueños tan
pronto se despertaba para poder recordarlos después. Cualquier cosa que hiciese
antes de la escritura le hacía perderlos para siempre. Su diario era bastante
voluminoso. Cuando empezó a estudiar los sueños lúcidos, releyó su diario
varias veces. Los relatos eran incoherentes y, así escritos, no transmitían la
carga emocional que acompañaba a la experiencia onírica. Pero Octavio podía
rememorar algunas emociones asociadas a la mayoría de ellos. Se daba cuenta de
que, con sus sueños, si los lograba, podría recuperar una parte crucial de su
pasado, sobre todo, podría re-vivir su pasado y ¿cambiarlo?... Los expertos
aseguraban que los sueños lúcidos se podían controlar a voluntad...
Pasaba el tiempo, y Octavio ganaba terreno en el dominio de sus
sueños. El método de mirarse las manos antes de dormir había probado ser de los
más efectivos.
Una noche, se sentó en la cama y se miró las palmas de sus
manos. Pensó en la primera vez que él y Estela se besaron y continuó mirándose
las manos y pensando en aquel beso tibio e infinito. "Hoy soñaré con el
beso de Estela", se repetía. Se acostó, todavía mirándose las palmas y
pensando que soñaría con el beso. Y se quedó dormido...
En algún momento sus manos se le aparecieron en el sueño, tres
dedos, cuatro... y Estela estaba sentada a su lado en el diván de la habitación
de un antiguo hotel de Praga. Conversaban de manera desordenada sobre cómo se
conocieron, sobre la montaña de obstáculos que se interponía entre ellos entonces,
sobre la enorme fortuna de estar solos ahora y de poder gozar de la intimidad
deseada por ambos.
—Mira, Octavio, nunca me permití amarte por la diferencia de
edad, y por respeto a mi marido. Recuerda que entonces yo estaba casada,
¡casada, Octavio!... La verdad es que no sé ni cómo me enamoré de ti. Eras casi
un niño, y me daba miedo lo que sentía...
Estela vestía una túnica a veces griega, a veces egipcia, que
cambiaba de color y tenía una cinta verde amarrada a su pelo. De alguna extraña manera Octavio le
respondía por teléfono, sentado en el piso de su cuarto en Luyanó, y, entonces, Estela aparecía al otro lado
de la línea. Pero podían verse y tocarse, a pesar del teléfono, como si este fuese
un accesorio innecesario. Le decía:
—A mí me daba más miedo aún. Era casi un niño, y tú estabas
casada, ¡casada, Estela!... Pero yo sabía que te amaba. ¡Tantas veces estuve a
punto de confesártelo! Te lo dejé entrever de mil formas, pero nunca te lo
revelé abiertamente. ¡Estaba aterrorizado! Luego, la vida nos separó. Yo seguí
mis estudios, y tú te me perdiste. ¡No te vi como en diez años! ¿O fueron más?
Y luego nos encontramos en aquel congreso...
Ahora Estela le
hablaba desde Madrid, y él seguía sentado en su cuarto, y siempre ¡el teléfono!
—Estábamos en bandos opuestos. ¡Se suponía que todos
estábamos por lo mismo! Pero yo trabajaba con Yolanda y, para mí, ella era la
revolución!
—¡Y yo con Humberto! ¡Qué tipo ese! ¡El mejor! Para mí, Humberto
sí que era la revolución. ¡Él odiaba a Yolanda, y ella a él! ¿Cómo era posible?
Yo tenía que odiar a Yolanda y que odiarte a ti; ¡estaba obligado!... Pero, en
medio de aquel torbellino, ¡te amaba! ¿Lo podrás creer?
Seguían hablando sin parar, pero ahora Octavio no podía concienciar el tema de la plática. Parecía
lo más natural del mundo que estuviesen de
nuevo sentados en el sofá de aquella habitación encortinada del hotel más
antiguo de "la ciudad de las cien torres", como la había bautizado
Josef Hormayer en el siglo XIX. Tavo estaba ahora
muy elegante, de cuello y corbata y, movido por la creciente compenetración que
estaban logrando, le espetó que la iba a besar sin que Estela protestase. Fijó sus
labios a los de ella y se sintió envuelto por el beso que desencadenó un acto
de amor extremo. Se amaron entonces desnudos,
en una nube blanca muy suave, en el cielo, y Octavio despertó sin saber si el
acto se había consumado o no. Estaba confundido y feliz, sintiendo a Estela a
su lado.
Volvió a mirarse las manos, ¡cinco dedos en cada una!, pero
ya no pudo volver a conciliar el sueño. Se apresuró a escribir todo aquello.
"¡Que no se me olvide nada; que no se me olvide nada!", deseó.
Dejó la cama con desgano y fue a comprar pan. No tenía mucho
dinero; la vejez lo había agarrado sin ahorros y ahora, de contra, sin trabajo.
Vivía solo en un cuarto con baño que le había cedido un amigo canadiense. No
pagaba alquiler, ni luz, ni agua, gracias a Noah. Pagaba por el cable para su
televisor y por su servicio de Internet. Le habían ofrecido un trabajo en el
aeropuerto, y lo iba a tener que aceptar, viejo y todo. Por suerte, era un
trabajo burocrático, y no tendría que toparse con los pasajeros de los aviones.
De lo contrario, se tropezaría con muchos cubanos conocidos, ¡y no quería! ¡estaba
harto ya de cocinarse en esa salsa!
Recordaba cómo se había quedado en Gánder en 1990. Regresaba
de un evento en Bratislava. El avión hizo escala allí, y diez polacos pidieron
asilo. Tremendo retraso en el vuelo para identificar todas las maletas y evitar
un sabotaje. Tanto lo había deseado que ¡al fin! se decidió antes de ir a
reconocer su equipaje. Caminó con parsimonia por un pasillo largo y fue a dar a
una oficina:
—I'm Cuban. I want to stay in Canada!
Y lo demás ya era historia. Noah era empleado de Migración y
simpatizó con él desde un principio. Descubrieron que tenían mucho en común.
Noah era hijo de ingleses, y a Octavio lo había educado una maestra anglosajona
que se había ido de Cuba en el 61. Ambos habían leído los mismos libros, se
sabían los mismos poemas, usaban las mismas expresiones en inglés. Noah le
ofreció un cuarto con baño que su padre había construido hacía unos años en el
patio de su casa. Sólo habría que sacar algunos trastos viejos que se guardaban
allí, y limpiar. Había una cama de una plaza con un colchón en bastante buen
estado, un armario con seis gavetas y un sillón. ¿Qué más podía pedir? Octavio
se había conseguido una hornillita para hacerse té y café y para cocinar
algunos platos. El cuarto se beneficiaba de la calefacción central de la casa
que funcionaba con un sistema de aire forzado algo antiguo pero todavía
eficiente. Los trabajos que Octavio había conseguido le permitían vivir sin
carencias, pero nunca pudo alquilarse un apartamento como hubiera deseado por
lo que había envejecido en el patio de Noah. Ambos pasaban algunos ratos juntos
en la sala del canadiense. Muchas veces, Noah invitaba a Octavio a almorzar,
sobre todo cuando Sarah, su empleada, preparaba su exquisito salmón en salsa de
ginebra y enebro con las —ya familiares— lenguas de bacalao rebozadas como
aperitivo. Acompañaban el condumio con cerveza Quidi vidi y, a veces también, con una línea o dos de ron Screech.
Trajo dos hogazas de blanco canadiense, una para él y otra
para Noah. Como solía hacer muchas veces, entró primero a la casa del amigo y
dejó el pan sobre la meseta de la cocina. Luego se fue a su cuarto, se cortó
dos rebanadas y las untó con mantequilla. Se preparó un café con leche fuerte
sin azúcar y se frió dos huevos. Estaba listo para comenzar el día.
Noah lo pilló en la entrada de la casa, cuando ambos salían, y lo invitó a almorzar.
—Tavo, Sarah va a hacer unas chuletas de cerdo con miel de
arce que son una delicia.
—No me las pierdo por nada. Nos vemos ¿a la una?
—Perfecto, es mi hora. ¡No dejes de ir a tu cita en el
aeropuerto! ¡Tienen trabajo para ti!
—A eso voy, ¡gracias por todo! ¡Luego te cuento!
A pesar de que ya pasaba de los sesenta años, le dieron el
empleo después de una breve entrevista. Sería supervisor, un cargo que
implicaba gran responsabilidad en un aeropuerto como ese. Le entregaron un
manual de funciones de casi doscientas páginas, las que tendría que memorizar
en menos de tres días. No tendría horario laboral fijo. Su trabajo estaría a
merced de las necesidades del aeropuerto. Cada día recibiría sus órdenes de Mr.
Butler, quien tenía a su cargo doce supervisores como él. Pero, gracias a un
eficiente sistema de rotación del personal que Mr. Butler se había inventado,
tendría tres días seguidos libres a la semana, los que resultaban más que suficientes
para recargar sus baterías. Era viernes; el lunes tendría que presentarse a
trabajar.
Tuvo tiempo de llegar a su cuarto, dejar el manual de
funciones sobre su escritorio y darse una ducha caliente antes de tocar a la
puerta de Noah.
La comida de Sarah siempre lo transportaba a la gloria. Las
chuletas le habían quedado sublimes, y Noah había comprado un tinto
californiano de muy buen bouquet. Hablaron de comidas, y Octavio demostró su
sabiduría culinaria. Noah no se quedaba atrás y pudo aportar a la charla nuevos
conocimientos gastronómicos. Los amigos tenían la capacidad de asombrarse
mutuamente a pesar de los años compartidos. Octavio habló de la exquisitez de
las carnes de kawama y de manatí. ¡Una pena que estuviesen en veda! ¿Por qué
tendrían que extinguirse especies tan sabrosas??? Luego se acordó de las
angulas sobre cuyo ciclo de reproducción disertó largo rato para asombro de
Noah, quien, por su parte, conversó sobre las bondades y los modos de
preparación del bacalao y el salmón. Disfrutaron en extremo la comida y la plática
y, después de un trozo de pie de manzana todavía algo tibio, bebieron té con
limón para ayudar a la digestión.
—¿Quieres caminar un poco?—, preguntó Noah al amigo.
—¡Seguro! ¡Vamos!
Anduvieron por el pueblo durante hora y media, deteniéndose
a mirar las vidrieras y a comprar alguna que otra chuchería llamativa. Octavio
compró un alce de porcelana bastante grandes proporciones que hacía rato estaba
queriendo colocar en una repisa construida por él mismo ("par
moi-même", pensó). Al pasar por la droguería del pueblo, Noah recordó una
anécdota de su juventud que Tavo no conocía y se la contó. Noah se había ido de
su casa muy joven para estudiar, como su padre y su abuelo, Farmacia en la
Universidad de Toronto. Su padre se había quedado en Gánder a cargo de la casa familiar
y de la droguería que tenían en el pueblo, esa misma por la que pasaban ahora.
La madre de Noah había muerto cuando este apenas tenía tres años, y sus
hermanos, todos mayores, habían formado familias en otras ciudades. Una noche
en que andaba por el campus universitario estirando las piernas y respirando el
aire de la primavera, sintió la voz de su padre que lo llamaba varias veces
desde la distancia. No era la primera vez que lo oía pronunciando su nombre,
pero casi siempre al despertar o en el sopor que antecede al sueño. Le llamó la
atención que ello sucediese en plana vigilia y se sintió muy sobrecogido. Al
otro día en la mañana había recibido una llamada de Gánder con la noticia de
que su padre había fallecido a las 10:15 de la noche anterior ¡justo cuando
Noah había sentido el llamado de su voz!
—¡Y hay quienes no creen en lo sobrenatural, Tavo! A mí me
han ocurrido varios fenómenos muy curiosos, pero ni me atrevo a contarlos por
temor a la incredulidad humana.
—Yo te creo, Noah—, se solidarizó el amigo, sin llegar a
compartir con él sus propias historias paranormales de las que tenía abundante
repertorio. Pensó que tal vez un día se decidiría a confesárselas a Noah, pero
no ahora. Podría parecer que menospreciaba la anécdota del amigo contrastando
con ella sus propias ocurrencias sobrenaturales.
Si alguna virtud tenía Octavio, la mayor era el respeto por
los sentimientos ajenos. Prefería mil veces sufrir un daño antes que causar
dolor o malestar a las personas amadas. ¡Y Noah había llegado a ser su familiar
más cercano! ¡Por él podría hacer cualquier sacrificio sin sentir el menor
remordimiento!
Siguieron andando por el pueblo y hablando de los resultados
del último partido de hockey sobre hielo que seguía siendo el deporte favorito
en Canadá a pesar de que había sido absorbido poco a poco por los equipos
estadounidenses que manejaban más recursos y resultaban mucho más competitivos.
Después de recorrer las tiendas del centro, volvieron sobre
sus pasos y retornaron a la casa. Octavio coló un café a lo cubano que Noah agradeció,
pues ya se había acostumbrado a estos cafés cargados que lo ayudaban a combatir
el sueño postprandial.
Eran casi las cinco de la tarde cuando Tavo se puso a
estudiar su manual de funciones con el termo del café a la mano para no dejarse
vencer por la somnolencia del almuerzo que no terminaba de esfumarse. A las
nueve, ya se sabía el libro casi de memoria y pensó que debía agradecer a Dios
(o a lo que fuese que controlaba las vidas humanas) por su lucidez mental y su
alto cociente de inteligencia. Se asomó por la ventana y comprobó que la única
luz encendida en casa de Noah era la de la lamparita de noche de su cuarto, por
lo que se escanció una copa de tinto californiano y volvió a repasar los pasos
para alcanzar sueños lúcidos.