Dos
De nuevo a mirarse las manos, dos, tres minutos... Sin haber
decidido qué sueño intentar revivir, Tavo cayó rendido por el ajetreo del día.
Durmió profundamente y sólo al final de la noche, cuando ya amanecía, tuvo un
sueño revelador. Viajaba con Humberto por Transilvania hacia Braşov, la capital
de las montañas, en un estado de placidez que no recordaba haber experimentado
antes. No podía creer —aun dentro del sueño— que se encontrara en Rumanía, país
dominado por los Ceaucescu, bajo su descomunal culto a la personalidad y su
"paternalismo" aplastante. Debería sentir con toda su fuerza el peso de
la opresión a la que estaba sometido el pueblo de Mihai Eminescu, pero sólo
podía abrigar un inexplicable y aletargante sosiego. Sentía que flotaba dentro
del bus y, a medida que este ascendía hacia el sureste, el aire que respiraba se
hacía más limpio. El olor a oxígeno y a pinos lo transportaba a otro nivel de
existencia. ¿Soñaba? Se miró las manos de nuevo, tres dedos en una, cuatro en
la otra, miró la hora, y la esfera de su reloj estaba en blanco. ¡Soñaba! Con
gran esfuerzo logró no despertar y controlar su sueño. El bus se abrió paso
entre los cerros y cruzó cerca del castillo del Conde Drácula. Fueron a dar a
un hotel rodeado de pinos en la cima de una montaña donde los recibieron con
bombos y platillos. Bellas mujeres en trajes típicos los recibían bailando y
cantando al son de panderos y guitarras. Les dieron a beber un aguardiente de
pino muy fuerte, pero de agradable sabor... Y, como de otro plano del sueño,
apareció volando un auto negro que cayó justo delante de Humberto con Yolanda
saliendo del mismo mientras lo apuntaba con el dedo y profería amenazas
terribles. En el sueño, Yolanda era la bruja que siempre fue, con capa negra y
ojos malévolos. Prometió, juró decirle al Mismísimo
que Humberto se había atrevido a traerlo a él, Octavio Villarroque, a Rumanía y
no a Marina Farrés, la bruja número dos. A la número uno le fascinaba demostrar
su poder —a falta de otras capacidades— por medio de la tortura política. Tavo
despertó con un gran sentimiento de culpa y el corazón acelerado. Tan pronto se
desperezó, agradeció al Divino no estar en Cuba. En la realidad, a Humberto lo habían borrado de la actividad
política desde aquel incidente. En el
sueño, Tavo sufría por el amigo. Aunque sabía que estaba en Braşov con toda
legitimidad, se sentía de algún modo responsable de la "tronada" de
Humberto. Tuvo que respirar varias veces para reponerse de aquello y se juró no
volver a soñar jamás con tan deplorables personajes (¡esas arpías inamovibles!¿las vería caer alguna vez?).
El sábado
resultó un día feliz para Octavio. Lo pasó pescando salmón en el río, hobby que
había adquirido —junto al juego de golf— desde los inicios de su estancia en el
pueblo. Había capturado uno bastante grande y dos de medianas proporciones,
suficiente comida para Sarah, Noah y él. El domingo se darían banquete. Antes
de llegar a la casa, compró veinticuatro botellas de Quidi Vidi, puso 10 en el refrigerador y llevó las restantes a Noah
junto con los salmones recién pescados. Con Sarah se bebieron seis, conversando
sobre los sucesos del día y planeando el domingo.
¡Y llegó la noche! Eran las nueve cuando Octavio se cambió
de ropa y se preparó para dormir. Repasó su libro de sueños y se miró las manos
por varios minutos pensando en Estela. Estela era algo que tenía que resolver.
Nunca se despidió de ella, y su amor quedó truncado de una manera extraña. La
visitaría en su sueño para alcanzar la paz y permitirle a Estela lograrla. (¿Sería posible?)
Esta vez hizo ejercicios respiratorios profundos antes de
mirarse las manos. Ni se fijó en cuántos dedos tenía. Las miró hasta que las
vio borrosas. Soñaría una vez más con Estela. Esta vez nada ni nadie irrumpiría
en sus imágenes. ¡No lo permitiría!
Perdía la conciencia de manera gradual e intermitente. ¿Por
qué la vigilia quería seguirse imponiendo? ¿Por qué la lucidez se le asomaba
una y otra vez?... Pero fue cayendo en un letargo nebuloso y placentero hasta
que... ¡zas! quedó rendido... en los brazos tibios de Estela que lo acunaban y
lo apretaban contra su pecho desnudo. Hicieron el amor varias veces, en cada
ocasión con un nuevo matiz, con un nuevo sentido. Pasaron por la pasión, la
adoración, la idolatría, la ternura, y hasta la melancolía, la nostalgia
anticipada, la angustia...
Octavio experimentó cada emoción en aquel sueño. Si hubiese
querido, no hubiera podido recrear aquellas escenas, pero sí los sentimientos.
Esos estaban fijos en un lugar indefinido, pero real: el alma. En ese mismo
sueño, Tavo voló de Cuba a Moscú y de allí a Bratislava sin avión. Sus alas no
eran de metal, ni siquiera de cera: eran las alas de la imaginación onírica que
se empeñaban en materializarse con terquedad resistente. Ni él mismo hubiera
podido describirlas después, pero en el sueño eran ALAS, azules o
blanquiazules, no lo podía precisar, pero alas al fin de algún material etéreo.
Despertó en el hotel, junto a Estela. Se miró las manos,
contó sus dedos: ¡cinco en cada una! Miró el reloj: ¡las 6:30 am, y la hora se mantenía
ahí! Sólo el secundario rodaba, lenta y rítmicamente. Estela le preguntó qué le
pasaba, en qué estaba pensando:
—Estás como lejano, ausente...
—No, sólo me miraba las manos, siempre mis manos me resultan
curiosas.
—¿Por qué?
—Pienso en cómo se verían con cuatro dedos, o con seis...
¿Por qué tendrán que ser cinco?
—¿Crees que ese misterio sea muy importante para descifrar
la evolución? —, No quería decirle a Estela que estaba tratando de revertir el
tiempo, mucho menos que lo que vivían no era actual sino un sueño. (¿Lo era?)
—¡No, no, es pura curiosidad!
Con la misma, trató de atravesar la pared con su puño y sólo
logró darse un golpe brutal. Le dolió. (¡Coño,
es evidente que estoy despierto! Pero, ¿cómo llegué hasta aquí? ¿O sería un
dolor onírico?)
Estela lo interrogó otra vez con la mirada. Y le espetó:
—¿Te enloqueciste? ¿Quieres quebrarte la mano?
—Es que cuando estoy contigo, pienso que estoy soñando. ¡No
puedo creer que sea verdad! ¡Es demasiado bueno!
—¡Pues es verdad! ¡Al menos por ahora! ¡Vivamos el momento,
Tavo!
—¿Hasta cuándo tenemos? ¿Cuándo tienes que irte?
—No, Tavo, si el que se va eres tú. Mañana se termina tu
evento, ¿no? Supongo que te irás a más tardar el jueves, o sea, pasado mañana.
¿No has confirmado tu pasaje?
—Sí, sí, pasado mañana. ¡No lo puedo creer! ¿No nos veremos
más?
—Bueno, no así. Yo volveré a mi esposo, y tú...
—¡No sé qué va a ser de mí! ¡Siempre te sentiré a mi lado,
como ahora!—, la abrazó fuerte hasta casi dejarla sin aliento y pasó su mano una
y otra vez por el racimo de pelo rojo ensortijado que caracterizaba a Estela,
—de niña, te debes haber parecido a Anita-la-huerfanita...
—Sí, sí, si todos me lo decían...
Y Estela se fue desvaneciendo dentro de su abrazo hasta que Octavio
sintió que apretaba un hueco en el espacio vacío. (La materia ni se crea ni se destruye... Entonces, ¡era sueño!)
Estaba sentado en su cama de Gánder, en su habitación, con
los brazos cruzados como si ciñera algo contra su pecho. Miró el reloj: ¡las 6:40! (¡Ahora sí que no entiendo nada! ¿Habré
soñado con Estela? Pero, ¡estaba despierto! ¿O no?)
Este episodio lo había sacado de paso. No entendía lo
sucedido. ¿Habría soñado?... La otra explicación casi posible era la de un
salto en el tiempo, pero... Pensó en The
time traveller's wife, el apasionante libro de Audrey Niffenegger, y estuvo
seguro de que la autora tenía que haber vivido una experiencia similar a la de
él. Pensó y pensó en ello... (Quizás esto
de viajar en el tiempo se vaya alcanzando por etapas, como ocurre con la
peregrinación de las almas en la metempsícosis pitagoriana.) A Audrey el
viaje en el tiempo se le daba en estado de vigilia y sin previo aviso; a él se
le había dado en el sueño o al menos eso parecía. Se preguntó si habría alguna
relación entre los sueños y los viajes en el tiempo... (Tendré que volver a probar hasta que lo descubra. Pero, de ser así...
¡espero poder hacer varios viajes antes de morir! ¡Sería maravilloso poder
saldar viejas cuentas con el pasado!) En este punto, se percató de que no
había resuelto el problema de Estela. Ella se había difuminado antes de que se
hubiera producido un cierre de la relación. Entonces, todo seguía igual. Habría
que volver a intentarlo en otra ocasión.
Se levantó de la cama para colar un café bien fuerte, a lo
cubano. A veces tomaba café aguado, a la usanza de Norteamérica, pero hoy se
había antojado de una tacita del fuerte, el único que lograba ponerlo en estado
de total vigilia. Tenía un paquete de Melita
Extraforte, que le había regalado un
amigo carioca, más aromático y sabroso que el Cubita o el Serrano, tan
apreciados por sus coterráneos del exilio. Lo preparó en su cafetera italiana,
y en breves minutos su poderosa fragancia invadió los espacios de la
habitación. Se escanció un poquito en una taza grande —no tenía las tacitas
apropiadas— y lo bebió mientras saboreaba un touton calentado en su microondas, proceso que repitió una vez más
para quedar satisfecho. Pero ese trasiego gastronómico no le impidió continuar
urdiendo su plan para viajar en el tiempo, si solo fuese mediante imágenes
oníricas a falta de la apetecida alternativa.
A las ocho
salió a la panadería a conseguir un postre para el almuerzo. Escogió una
variedad de dulces finos y los hizo envolver para llevarlos a casa de Noah.
Luego regresó a su cuarto para echarle un último vistazo al manual de funciones
que tendría que poner en práctica al día siguiente. Comprobó que su memoria
conservaba el vigor de siempre: se lo sabía al dedillo. No tendría problema
alguno para desempeñarse como un excelente supervisor. Y esa certeza le
confería la tranquilidad necesaria para pensar en sus sueños lúcidos. Faltaba
hora y media para el almuerzo, así que volvió a repasar sus notas. ¡Se las
sabía! Ya no tendría que volver a estudiarlas de nuevo. Agarró un libro del
estante y se puso a leerlo. ¡El recurso
del método de Alejo Carpentier! ¡Inconfundible y maravilloso! ¿Cómo era
posible que le hubiesen arrebatado el Nobel? (¡Pero hay tantos excelentes actores sin Óscar; tantos inigualables
escritores sin Nobel!¡Tantos héroes sin medallas en el pecho! ¡Tantos sabios
desconocidos!... ¡Mi padre!...)
El día transcurrió como lo esperaba. Un excelente almuerzo
con Noah y Sarah y una sobremesa cargada de reflexiones existenciales en la que
no se atrevió a compartir sus angustias sobre la reversibilidad del tiempo.
Sólo arriesgó algunas insinuaciones someras que no encontraron eco en los
amigos. Sarah insistió en que debían vivir "lo que les quedaba" con
más intensidad que nunca, porque la vida "se nos está acabando":
—Todos venimos a este mundo con el tiempo contado,
previamente medido por la Parca... ¡Hay que disfrutar los que tengamos!
Sí, —respondió Noah—, la Parca medidora, pues son tres: una
estira el hilo de la vida, otra lo mide y finalmente la tercera lo corta. Y a
cada quien le toca cuando le toca. ¡Las Parcas tienen la última palabra!
—No estoy tan seguro de eso—, dijo Octavio sin mucha
convicción—, pero es posible. Lástima que no haya cómo demostrarlo. Siempre que
alguien muere podemos decir que era su hora, pero ¿cómo saberlo con certeza?
¿Se dan cuenta de mi duda?
—Sí, —apuntó Noah—, si lo vemos en un plano metafísico,
tengo que darte la razón.
Pero Octavio no quiso seguir profundizando en el tema,
convencido de que sólo la práctica era el criterio de la verdad, como había
estudiado de joven. (The proof of the
pudding is in the eating.) Él seguiría intentando transportarse en sus
sueños a las miles de vida que —estaba seguro— había vivido en sus algo más de
60 años de existencia.
Terminaron la sobremesa con un cointreau francés que le habían regalado a Noah en el aeropuerto.
Octavio estornudó con el primer sorbo. No sabía por qué los licores le
producían estornudos en el primer trago; luego se adaptaba y podía seguir
bebiendo sin problemas. Se tomaron la copita del plus, y se desearon buen
apetito y mucha salud.
—¿Nos vemos luego?—, preguntó Noah cuando Octavio se levantó
dispuesto a salir.
—No creo. Mañana empiezo en el trabajo y todavía quiero
repasar una vez más el manual.
En realidad, Octavio estaba seguro de que podía recitar el
manual de atrás para alante y vice-versa. Pero ansiaba volver a su privacidad
para analizar con calma el asunto de los
sueños y trazarse un plan más efectivo. (Aunque
hasta ahora no me ha ido tan mal, pensó).
Abrió su laptop y
se zambulló en Internet buscando la frase "viaje en el tiempo". Creía
poder relacionar sus sueño lúcidos con esto. Empezó por lo más sencillo: la Wikipedia. Leyó:
"el viaje a través del tiempo es un concepto de desplazamiento
hacia delante o atrás en diferentes puntos del tiempo, similar a como se hace
un desplazamiento en el espacio. Además, algunas interpretaciones de viaje en
el tiempo sugieren la posibilidad de viajes entre realidades o universos
paralelos".
Al tratar de ubicar las formas para lograrlo, encontró unos cinco
métodos, ninguno de los cuales de relacionaba con los sueños. Le llamó mucho la
atención la posibilidad teórica de construir un universo paralelo, ¿o varios?
Se estudió las paradojas de los viajeros en el tiempo. Estaba claro, pensaba
que el viaje en el tiempo era imposible en un plano físico. Pero, ¿qué tal en
un plano metafísico? ¿u onírico?... Siguió buscando... ¿Qué relación podría
haber entre los sueños lúcidos y los viajes en el tiempo?... Al parecer
ninguna, pero sí encontró algunos artículos que correlacionaban los sueños
lúcidos con los llamados viajes astrales: el cuerpo no puede viajar, pero sí
puede hacerlo la conciencia... Recordó un cuento que le había hecho su amigo
Ciro en Cuba una vez. Ciro había hecho un viaje astral a España. Había descrito
lugares en los que nunca había estado con tal precisión que quienes sí los
conocían quedaban boquiabiertos... (Pero
lo de Ciro había sido algo así como un estado de auto hipnosis, se dijo).
—El "cuerpo astral"—, aseguraba Ciro—, pude dejar
al cuerpo físico y volar hacia cualquier lugar que se le antoje. Claro que es
necesario alcanzar ciertos niveles de desarrollo espiritual para poder
lograrlo.
(Quizás por eso yo
nunca pude hacer un viaje astral, aunque lo intenté. Dios sabe las veces que lo
intenté. Pero mientras Ciro y sus amigos metafísicos creían en eso a pie
juntilla y dedicaban larguísimas horas a su estudio cada jornada, yo quería
creer, pero no lo lograba por completo. Es verdad que no me puse a estudiar
como ellos, pero ¿acaso el desarrollo del mundo astral puede requerir tanto
estudio? Esto de ahora es diferente. No me propongo hacer viajes astrales, sino
viajes en el tiempo mediante el único instrumento que los puede alcanzar: el
sueño. Claro que hay un componente hipnótico en esto ¿o no? Pues sí lo hay. Lo
de mirarnos las manos mucho rato y pensar en lo que quiero soñar, es una forma
de hipnosis. ¡Y el "viaje astral" es otra! O, tal vez, la misma.
Quizás los tales "viajes astrales no sean sino sueños lúcidos"...
Pero, sólo lo sabré cuando los logre.)
Había unos tipos que se hacían llamar "onironautas"
que explicaban el fenómeno con mucha simplicidad. Decían:
"Nos vamos a la camita, nos relajamos y despreocupamos (o sea, sin
agobios). El sueño va invadiendo suavemente nuestro cuerpo y CUANDO YA ESTAMOS
ENTRE DORMIDOS Y DESPIERTOS, cuando las imágenes oníricas comienzan a hacerse
muy vivas, en esa frontera entre vigilia y sueño (como decía Campanilla a Peter
Pan en la película Hook), cuando ya no estamos seguros de estar dormidos o
despiertos... sintiéndonos algo sutil, fluido o vaporoso... NOS LEVANTAMOS.
Realmente nos levantamos de nuestra cama en un acto real y voluntario. No
imaginando, no pensando, no suponiendo sino LEVANTÁNDONOS realmente. Si el
momento es el adecuado lo que estaremos haciendo es lo que iba a suceder de
todas maneras: nuestra "psiquis" y nuestra "conciencia" se
separan del "cuerpo físico". Estaremos allí, en nuestro cuarto,
mientras nuestro cuerpo permanece en su camita (¡qué susto os habéis llevado
cuando visteis esto por primera vez!). Podéis volar, atravesar paredes o salir
por la ventana a investigar lo que queráis (buen asunto para ver algunos de
esos lugares comentados en Guía del Trotamundos Onírico). Esto es un
"desdoblamiento consciente". Es realmente muy sencillo... sólo que a
veces no creemos en las cosas sencillas y entonces todo parece muy complicado.
Más todavía cuando vivimos llenos de miedos irracionales que nos limitan
espantosamente. (sic)
"(http://onironautas.org/lucido_viaje_astral.html).
Octavio sabía que había mucho más que eso y que no era tan
sencillo. Había otro "viajero en el tiempo" que afirmaba que lo que
distinguía un sueño lúcido de un viaje astral era que mientras que en el
primero " el soñante sabe que está soñando", lo que "involucra
un alto caudal de energía mental", el segundo "viene a ser una
facultad desarrollada, pues se realiza voluntariamente y en estado consciente y
por supuesto no es fácil de lograrla y las personas que pueden hacerla la
emplean generalmente para fines altruistas, como ayuda de tipo espiritual y
curaciones".
(http://sobrenatural42.blogspot.com/2006/11/sueos-lucidos-y-viajer-astrales.html)
Octavio no se propondría dominar los viajes astrales, pero
sí los sueños lúcidos. Si eran lo mismo, mejor. Si no, daba igual. (Con ellos habré de viajar en el tiempo
algún día).
Pero viajara o no su cuerpo en el tiempo , soñar era una
forma de hacerlo en su mente (¿psiquis?,
¿alma?, ¿conciencia?, ¿subconsciente?, ¿inconsciente?...)
Cuando cayó la tarde, se preparó un té negro con limón y
unas tostadas y salió a caminar para seguir meditando.
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